sábado, 29 de marzo de 2008

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SCHWEIN HABEN

ohne Worte



Suerte

sin más palabras.

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ANARKOS

VIVIR ES RECORDAR
RECORDAR ES VIVIR ...
¿PERDÓN Y OLVIDO?
¿SIN QUE SE HAYA SUPERADO MATERIALMENTE ALGO? : ANARKOS



¿PUEDE OLVIDARSE LO QUE SE ESTÁ VIVIENDO?
¿LO QUE TODAVIA NO HA PASADO?
¿LO QUE ESTÁ SUCEDIENDO?












De todo lo escrito amo solamente lo que
el hombre escribió con su propia sangre.
Escribe con sangre y aprenderás
que la sangre es espíritu.
Federico Nietzsche.

En el umbral de la polvosa, puerta,
sucia la piel y el cuerpo entumecido,
he visto, al rayo de una luz incierta,
un perro melancólico, dormido.

¿En qué sueña? Tal vez árida fiebre
cual un espino sus entrañas hinca
o le finge los pasos de una liebre
que ante sus ojos descuidada brinca.

Y cuando el alba sobre el Orbe mudo
como un ave de luz se despereza,
ese perro nostálgico y lanudo
sacude soñoliento la cabeza
y se echa a andar por la fragosa vía,
con su ceño de inválido mendigo,
mientras mueren las ráfagas del día
para tornar a su fangoso abrigo.

Hundido en la cloaca
la agita con sus manos temblorosas,
y de esa tumba miserable saca
tiras de piel, cadáveres de cosas.
Entre tanto, felices compañeros
sobre la falda azul de las princesas
y en las manos de nobles caballeros
comparten el deleite de las mesas;
ciñen collares de valioso broche,
y en las gélidas horas de la noche
tienen calor, en tanto que el proscrito
que va sin dueño entre el humano enjambre,
tropieza con el tósigo maldito
creyendo ahogar el hambre,
y en las hondas fatigas del veneno
echado sobre el polvo se estremece,
fatídico temblor le turba el seno,
y con el ojo tímido, saltado,
sobre la tierra sin piedad fallece.

(Todos vuelven la faz, nadie le toca: al bardo sólo que a su lado pasa, atedia la frescura de su boca "donde nítidos dientes se enfilan como perlas refulgentes"...
Mísero can, hermano de los parias, tú inicias la cadena de los que pisan el erial humano roídos por el cáncer de su pena; es su cansancio igual a tu fatiga, como tú se acurrucan en los quicios o piden paz, sin una mano amiga, al silencio de oscuros precipicios. Son los siervos del pan: fecunda horda que llena el mundo de vencidos. Llama ávida de lamer. Tormenta sorda que sobre el Orbe enloquecido brama.
Y son sus hijos pálidas legiones de espectros que en la noche de sus cuevas, al ritmo de sus tristes corazones viven soñando con auroras nuevas de un sol de amor en mística alborada, y, sin que llegue la mentida crisis, en medio de su mísera nidada ¡los degüellan las ráfagas de tisis!
Los mudos socavones de las minas se tragan en falanges los obreros que, suspendidos sobre abismo loco, semejan golondrinas posadas en fantásticos aleros. Con luz fosforescente de cocuyos, trémula y amarilla, perfora oscuridad su lamparilla; sobre vertiginosos voladeros acometen olímpicos trabajos, y en tintas de carbón ennegrecidos, se clavan en los fríos agujeros, como un pueblo infeliz de escarabajos a taladrar los árboles podridos. Sus manos desgarradas vierten sangre; sarcástica retumba la voz en la recóndita huronera: allí fue su vivir; allí su tumba les abrirá la bárbara cantera que inmóvil, dura, sus alientos gasta, o frenética y ciega y bruta y sorda con sus olas de piedra los aplasta.
El minero jadeante mira saltar la chispa de diamante que años después envidiará su hija, cuando triste y hambrienta y haraposa, la mejilla más blanca que una rosa blanca, y el ojo con azul ojera, se pare a remirarla, codiciosa, al través de una diáfana vidriera, do mágicos joyeles en rubias sedas y olorosas pieles fulgen: piedras de trémulos cambiantes, ligadas por artistas en cintillos: rubíes y amatistas, zafiros y brillantes, la perla oscura y el topacio gualda, y en su mórbido estuche de rojizo peluche, como vivo retoño, la esmeralda. La joven, pensativa, sus ojos clava, de un azul intenso, en las joyas, cautiva de algo que duerme entre el tesoro inmenso no es la codicia sórdida que labra el pecho de los viles: es que la dicen mística palabra las gemas que tallaron los buriles: ellas proclaman la fatiga ignota de los mineros; acosada estirpe que sobre recio pedernal se agota, destrozada la faz, el alma rota, sin un caudillo que su mal extirpe:
El diamante es el lloro de la raza minera en los antros más hondos de la hullera;
¡ loor a los valientes campeones que vertieron sus lágrimas entre los socavones!
Es el rubí la sangre de los héroes que, en épicas faenas, tiñeron el filón con el desangre que hurtó la vida a sus hinchadas venas;
¡loor a los valientes campeones que perdieron sus vidas entre los socavones!
El zafiro recuerda a los trabajadores de las simas el último girón de cielo puro que vieron al mecerse de la cuerda que los bajaba al laberinto oscuro;
¡ loor a los sepultos campeones que no verán ya el cielo entre los socavones!
Y el topacio de tinte amarillento es recóndita ira y concreciones de dolor; lamento que entre el callado boquerón expira;
¡ loor a los cautivos campeones que como fieras rugen entre los socavones!
La joven pordiosera huyó. . . . . .
¿Que formidable vocerío pasa volando por el azul esfera, con el lejano murmurar de un río? Es una turba de profetas. Vienen al aire desplegando los pendones color de cielo; sus cabezas tienen profusas cabelleras de leones. En sus labios marchitos se adivina el himno, la oración y la blasfemia; llama febril sus ojos ilumina de sacros resplandores; pálidos como el rostro de la Anemia, llegaron ya; son los conquistadores del Ideal: ¡dad paso a la bohemia! Ebrios todos de un vino luminoso que no beben los bárbaros, y envueltos en andrajos, son almas de coloso, que treparán a la impasible altura donde afilan sus hojas los laureles conque ciñes de olímpica verdura en tu vasto proscenio a los ungidos de tu Crisma, ¡ oh Genio! Aquel muestra su aljaba de combate, repleta de pinceles; el otro vibra, como ruda clava, un cuadrado amartillo y dos cinceles; se interrogan, se dicen sus proyectos de obras que dejarán eternos rasgos; aunque sean insectos, el mármol y el pincel los harán astros. Un escultor ofrece pulir la piedra como fino encaje para velar un seno que florece bajo la ténue morbidez del traje; aquése de fosfórica pupila, que las del gato iguala, discurre solo en actitud tranquila con el azul cuaderno bajo el ala; y el bardo decadente, el bardo mártir que suscita mofas, levantará la frente, alto nido de férvidas estrofas, y de sus labios, que el reír no alegra, brotará el pensamiento como un águila negra, con las alas enormes desplegadas al viento, para cantar la Venus Victoriosa cuya violenta juventud encarne el espíritu alegre de la diosa en las melancolías de la carne.
El músico, doblando la cabeza sobre la débil caja de su violín sonoro, dice la voz que de los cielos baja como un perfume del jardín de oro,
y, agarrando del cuello enflaquecido al tísico instrumento, lo hace gritar con trágico alarido, y con ahogados trémulos simula el sollozo de un mártir que se queja bajo el negro dogal que lo extrangula; y sobre todos flota, como un sueño de amor en la noche larga, la paz del arte que su duelo embota y su llagado corazón embarga.
Desventurada tribu de miserables, vuestro ensueño vano vuela solo entre sombras como vuelan las grullas en las noches de verano. Esa lumbre asesina de los focos que doran las soberbias capitales, arderá vuestras frentes inmortales y vuestras alas de zafir, ¡oh Locos! Sin pan, ni amor, ni gruta donde dormir vuestras febriles horas, sucumbís a la bárbara cadena, sin más visión que la chafada ruta que os empuja a los légamos del Sena ... ¡Canes, minero, artistas, el árido recinto que os encierra consume vuestros míseros desojos; y en el agrio Sahara de la tierra sólo hallasteis el agua ... de los ojos! Huíd como una banda tenebrosa de pájaros nocturnos que entre ramas hienden la oscuridad sin voz ni huella;
morid: ¡para vosotros no se despierta el día ni se columpia en el Zenit la estrella que llamaron los hombres Alegría Cuan lejos de vosotros se levanta, sobre columnas de marfil bruñido, la ciudad de los Amos donde canta su canto de ventura el gozo entre las almas escondido. Allí todos olvidan vuestra angustia. Los árboles no dejan -de silencio cargados y de flores- llegar, de los vencidos que se quejan, el treno funeral de sus dolores; allí, cual un torrente que dé sus ondas a dormidas charcas, resbala fríamente con ruido sonoro el oro, a los abismos de las arcas. Allí las sedas crujen como crujen las carnes sacudidas por las fieras: son fieras que no rugen los seres sin piedad. Ved como pasa sobre el marmóreo suelo, con su capa de pieles la hembra dura cual un oso gigante sobre hielo. ¿Por qué se abren sus ojos desmesuradamente? ¡Ah! si es que apunta con fulgores rojos el astro de la sangre por Oriente. Bajo el odio del viento y de la lluvia por la frígida estepa se adelantan los domadores de la Bestia rubia;
ya los perros sarnosos se tornaron chacales. De ira ciego el minero de ayer se precipita sobre los tronos. Un airado fuego entre sus manos trémulas palpita, y sorda a la niñez, al llanto, al ruego, ¡ruge la tempestad de dinamita! ¡Son los hijos de Anarkos! Su mirada, con reverberaciones de locura, evoca ruinas y predice males: parecen tigres de la Selva oscura con nostalgias de víctima y juncales. El furioso caer de sus piquetas en trizas torna la vetusta arcada que erigieron al Bien nuestros mayores; y por la red de las enormes grietas va filtrando, con tintes de alborada, un sol de juventud sus resplandores.
Aquél un arma ruda pide, que parta huesos y que exprima el verbo de la cólera; filuda por el trabajo, recogió su lima de fatigado obrero, y bajo el golpe de Lucheni, ¡muda cayó la Emperatriz como un cordero!
Pini, Vaillant, Caserio y Angiolillo, vuestro valor ante la muerte espanta; negros emperadores del cuchillo, que rendís la garganta como débil mendrugo a las ávidas fauces del verdugo;
de duques y barones no circundó plegada muselina vuestros cuellos. Allí donde culmina el dorado listón de los toisones os dio la guillotina su mordisco glacial; vendimiadora que la tez y las almas descolora.
Aún parece vibrar en mis oídos la voz de Emile Henry; ya bajo el hacha iba la a rodar su juvenil cabeza, como la flor al soplo de la racha, y exclamo: "GERMINAL," y de su herida corrió una fuente de licor sagrado que bautizó la historia dolorida de los siervos, con óleo ensangrentado. Y ése fue dulce al comenzar; renuevo de razas de alto nombre. ¿Quién me dirá si un huevo son de torcaz o víbora? La mente no sabe leer lo que en el tiempo asoma; el hombre, como el huevo, en nidos de dolor será serpiente, ¡en nidos de piedad será paloma!
Por dondequiera que mi sér camine Anarkos va, que todo lo deslustra; ¡un rito secular que no decline ante el puño brutal de Bakunine, y el heraldo feroz de Zarathustra!
No puede ser que vivan en la arena los hombres como púgiles; la vida es una fuente para todos llena; id a beber, esclavos sin cadena; potentado, ¡tu siervo te convida! ¡Nada escuchan! Los pobres, a la jaula de la miseria se resisten fieros, y con brazo de adustos domadores y el ojo sin ternura, ¡los enjaula la codicia sin fin de los señores!
¿Quién los conciliará? Tibios reflejos de una luz paternal y vespertina visten de claridad el linde vago: es que el Patriarca de los Ritos viejos, de sapiencia cubierto, se avecina, con la nerviosa palidez de un mago. Es flaco y débil; su figura finge lo espiritual; el cuerpo es una rama donde canta su espíritu de Esfinge; y su sangre, la llama que los miembros cansados transparenta; de su nariz el lóbulo movible aspira lo invisible, son sus patricias manos una garra febril y amarillenta es de los griegos la gentil cigarra ¡que con mirar el éter se alimenta! Impalpable se irgue -melancólico espectro- y de la cuerda blanca a su místico plectro la melodía arranca.
Impalpable se irgue; hay algo de felino en su trémula marcha, hay mucho de divino en la nítida escarcha que su cabeza orea. Cruza sin otras galas que la túnica nívea que semeja las alas rotas de un genio de celeste coro, y sobre el pecho una cruz de pálido oro. Alza el brazo. La Europa lo aguarda como a antiguo caballero, debajo de una bóveda de acero; calla sus labios la soberbia tropa de esclavos y señores; el Pontífice augusto trae el bálsamo santo que redime, y calma la batalla de panteras; revalúa lo justo; ya va a decir el símbolo sublime ... y de sus labios tiernos salió, como relámpago imprevisto, a impulso de los hálitos eternos esta sola palabra: "JESUCRISTO." )

ASI TAMBIEN ES LA VIDA ...

"...y con una luna pálida por las noches
para que fijen en ella sus ojos enigmáticos
preñados de pensamiento." (L.T)






RECORDANDO Y RECREANDO A LUIS TEJADA







"ELEGIA A LOS PERROS MUERTOS




El asesinato de los perros urbanos es un gran crimen que está cometiendo la ciudad, y que tiene ya muchos pobres hogares de duelo; en la casa estrecha del suburbio, el perro es una prolongación vital de la familia, una especie de segundo hijo menor mimado y regañado al mismo tiempo, que comparte íntimamente la vida común y que posee una personalidad acentuada dentro del concierto familiar; se habla de él con naturalidad, se le tiene en cuenta, se le considera inconscientemente como a una débil persona querida, sin voz pero con voto efectivo en las menudas decisiones del hogar; podría decirse que se acumula en el ese excedente de cariño que siempre existe vagamente y que es, quizá, el cariño que se iba a dedicar a los niños fracasados o que se tiene en potencia para los que no han nacido todavía o para los que no nacerán ya; el perro es, en esas casas reducidas de muy intima y estrecha comunidad familiar, como un término medio entre el hijo menor y los hijos futuros, como una personificación anticipada de la probable descendencia.









Por eso, la matanza colectiva de perros caseros, es, en cierto modo, una degollación de los inocentes, una tragedia herodiana que puebla las calles de dulces cadáveres calientes y llena de dolorosa estupefacción los corazones ingenuos que no podrán comprender jamás por que se asesina al pequeño ser expresivo, de húmedos ojos afectuosos, de rosada lengua palpitante de castos dientes de mujer, de profunda alma abierta todas las virtudes heroicas; al pequeño ser tan lleno c inteligencia y de conciencia, tan eminentemente espiritual, que desaloja a nuestro rededor tanta frialdad tanta soledad como la presencia de la mujer amada del amigo preferido; que transcurre a nuestro lado mirándonos calladamente, con una mirada mas honda mas elocuente y más conmovedora que todas las palabras del mundo, aun las santas y terribles palabra de los profetas y de los niños.







Yo no creo que haya una alma irradiante y eterna en el hombre, ese pedazo de carne fría y brutal; pero si el alma existe como una esencia pura, noble y superviviente, allí y nada más que allí tiene que estar detrás de las pupilas cálidas del perro. Y si es verdad que hay un paraíso póstumo, una patria supraterrestre de selección, debe ser para recibir en ella a las almas buenas de los perros; paraíso con niños juguetones y senderos de arena donde pueda estirar sus agiles piernas y pasear su serena alegría; y con una luna pálida por las noches para que fijen en ella sus ojos enigmáticos preñados de pensamiento."



TAMBIÉN LA PODEMOS VER ASÍ:




y para concluir esta entrada a la bitacora, recordemos a Anarkos:


"Mísero can,
hermano de los parias, tú inicias la cadena
de los que pisan el erial humano
roídos por el cáncer de su pena;
es su cansancio igual a tu fatiga,
como tú se acurrucan en los quicios
o piden paz,
sin una mano amiga,
al silencio de oscuros precipicios.
Son los siervos del pan:
fecunda horda que llena el mundo de vencidos.
Llama avida de lamer.
Tormenta sorda
que sobre el Orbe enloquecido brama."









viernes, 28 de marzo de 2008

Dedicado a los ....

ANTROPOFAGOS
EMPOTRADOS EN EL
APARATO ESTATAL (GOBIERNO)

Un texto de Luis Tejada
para no olvidar

Dedicado a "La camarilla de lagartos antioqueños (una especie nefasta de dragones que escupen babas y fuego) que rodea al presidente e influye sobre él a fuerza de lambetazos venenosos y peligrosa adulación,... " (Héctor Abad Faciolince)

***

El jueves 27 recibí de un colega y querido amigo un comentario de presentáción a un texto de Abad Faciolince el cual por la noche compartí con mis alumnos de Constitución Política invitándoles a reflexionar sobre la situación que vivimos los colombianos de una polarización en la cual se evidencia de una parte el deseo de "acabar", "destruir", "matar", "aniquilar", al OTRO.

Se expresó así el colega:

"Releyendo al clásico F. Boas sobre la comparación entre la mentalidad del humano primitivo y (el supuestamente) "civilizado" emerge la pregunta acerca de la motivación que sustenta los valores emocionales asociados a mesianismos de tantos colombianos obsesionados con la reelección para evitar el cambio de lo existente (la era uribiana) y que solo favorece a determinados sectores poderosos extranjeros y nacionales que lo promovieron y ahora lo sostienen, despertando un fanatismo que no puede conducir a nada positivo. Lo grave es que el mismo presidente lo reproduce y potencia con su actitud, como lo resalta Abad Faciolince. El aire para respirar se hace cada día mas escaso en Colombia y el proceso no se suspende...


La historia esta llena de personajes que despertaron tales emociones fanáticas y condujeron a dramas y holocaustos de humanos: el papa Urbano II (Amparado en devoción religiosa católica contra los "infieles" en Tierra Santa; Pedro El Ermitaño en Europa, la Primera y segunda Guerra Mundial (Hitler y Chamberlein entre ellos). Estos y muchos mas en los tiempos presentes de guerras en la globalización con Bush a la cabeza, conflictos interétnicos radicalizados, xenobias agudizadas por parte de grupos supuestamente "modernizados" y que han causado muertes, heridos y aterrorizamiento a los inmigrantes latinos, africanos o de Rumania o asiáticos en países europeos. Estos gobernantes o lideres religiosos han instigado el fanatismo de cualquier tipo e ilustran bien como dice el antropólogo de marras a que "el pensamiento popular esté primariamente dirigido por la emoción, no por la razón". Diríamos hoy también que se hace con eficacia a través de los medios masivos en poder que bajo el control de lo poderosos, estimulan tales emociones fanáticas y mesiánicas que han desinstitucionalizado las sociedades. En nuestro país estamos al punto y el límite!"


El retorno a estados primitivos que en virtud de la historia real se han mantenido latentes en grandes masas de colombianos poco inclinados a la racionalización y mucho si a las explosiones emotivas, glandulares, deja pensar que en la mente de muchos afectos al régimen (amén que ello es ostensible en el ministro de defensa, el de agricultura y el vicepresidente) el deseo de "devorar", "comer", al señalado como "el enemigo", hizome recordar el texto de Luis Tejada que me he permitido redigitar y tomar como tema para esta bitácora.

***

ANTROPOFAGIA


Son muy raras ya dentro del aburrido panorama cotidiano, las noticias tan llenas de emoci6n, de color y de penetrante exotismo como esta que nos comunican ayer de la Costa; en las llanuras semicivilizadas de Bolívar, los indios se comieron a dos comerciantes. Es decir, un caso de antropofagia con todos sus caracteres primitivos, como ya casi no se produce en el mundo. Para encontrar la descripción de una escena semejante tendríamos que recurrir a los viejos libros sabidos y resabidos de Julio Verne o a las arcaicas crónicas de Indias.

Sin embargo, no podría haber nada más lógico, más natural y hasta más conveniente que la antropofagia; porque es evidente que la carne humana debe de reunir, distribuidas en la proporción necesaria, la cantidad de sustancias más apropiadas para el alimento del hombre mismo. La carne humana es verdadera-mente el producto de una selección de elementos nutritivos verificada en ese misterioso laboratorio del organismo; al comerla, es claro que nuestro cuerpo no tendría el trabajo de eliminar nada o casi nada; todo seria en ella aprovechable y nutritivo. He ahí el alimento completo, perfecto, integral!

No es muy difícil comprender que, por ejemplo, a una señorita convaleciente para que se robustezca rápida y completamente deberían darle carne de señorita gorda; y a un boxeador, carne de boxeador; y a un niño, carne de niño. Cada organismo podría asimilar así, fácilmente, las sustancias afines que necesita, en cierta proporción y cantidad matemáticas y que no pueden encontrarse sino en otro organismo semejante.

Es indudable que la ciencia moderna va derivando fatalmente hacia ese concepto terapéutico, el más lógico y el más eficaz de todos; ya existe una cantidad considerable de elementos medicinales que no son sino extractos orgánicos que irán a robustecer las partes similares deterioradas o fatigadas de nuestro cuerpo. Y se está propagando la creencia científica de que ciertas glándulas humanas asimiladas en alguna forma por el organismo, la rejuvenecen y hasta lo resucitan; el jugo de las glándulas adrenales inyectado sobre el corazón revive a los asfixiados y resucita realmente a los niños que nacen muertos, Esas no son, sino mane-ras científicas e indirectas de comerse uno a sus semejantes. Ese viejo precepto latino de "similia similibus curantur” es una verdadera insinuación de antropofagia.

Desgraciadamente, desde hace tiempos, los prejuicios éticos y sociales, y no sé qué invertido concepto de caridad, han colocado la carne del hombre civilizado bajo la protección de la ley, en una forma absoluta, Esta establecido que todos los animales se pueden comer, menos uno. Y esta excepción como todas las excepciones impuestas violentamente, es algo absurdo," algo contra que tendrán que reaccionar al fin los mismos hombres.

Y sin embargo, la carne del hombre civilizado debe ser sencillamente deliciosa. El hombre civilizado es un animal refinado y cuidadosamente cebada; se prepara durante toda su vida como para que se lo coman. El uso del traje y la selección especial de las alimentas, hacen de su carne alga tierno, blanco y verdaderamente suculento. Hay veces que, al ver, por ejemplo, las orejas pequeñas, vivas y rosadas de esa dama rozagante que encontramos, la primera impresión imparcial que sentimos es la del hambre; y pensamos cuan agradables serian esas orejas fritas o cocinadas en una roja salsa de tomate.

¡Ah, yo confío en que, para bien de la humanidad, llegara pronto el día de la libertad de antropofagia! "



lunes, 24 de marzo de 2008

SONARON OCHO TIROS

ALMA DE ARTISTA




El cuento que reproduzco a continuación o mejor la reproducción del cuento que escaneo con reconocedor de textos, corrijo con buen animo y comparto con gusto, deriva del escándalo reciente por la exposición de Guillermo Vargas Habacuc la cual puede verse en http://es.youtube.com/watch?v=O6vP8CgTonQ



Una bien querida amiga preguntaba de dónde saqué semejante vaina (no eran sus palabras) y le conté como hace muchos, muchos años, cuando tenia una perrita pastor alemana (sic) y buscaba literatura para joderla esto es para dominarla :) , ví en la entonces existente libreria Rego un libro con el sugestivo título EL ALMA DE LOS PERROS ... pero la sorpresa es que trataba mas bien de las almas perras de los que nos creemos ...(imagina lo que quieras) y muérete de la risa, de ahí viene el relato que comentamos.






Historia de un espíritu


— ¿Quiere usted verlo?

Yo quería verlo. Sí... Yo quería contemplar por última vez el raro gesto de aquel artista que iban a fusilar. La agonía de un hombre de talento es un bello espectáculo que sólo pueden comprender loa poetas, los pájaros, los perros y las mujeres.

—-¿Quiere usted verlo?

—Sí; quiero verlo.

Y lo vi..., ¿Por qué lo vi? El reo estaba en el fondo de una pequeña pieza. Era la capilla. Una pieza muy triste, muy vacía, muy obscura, con un altar en el ángulo y un cura en el otro. Al entrar, el penado me miró cruelmente con la dulzura de sus ojos de santo. Me miró cruel­mente... Tal vez con demasiada crueldad. Quizá con exceso de angustia... En silencio, le estreche ambas manos.

¿Por qué? Yo no sé. Pero, en silencio, le estreche ambas manos...

Era un hombre joven. Pintor de telas famosas, celebres, discutidas, expulsadas de todos los concursos. Tenía treinta años. Y ese escaso montón de vida le pesaba tanto como su inteligencia, infectada de microbios de genio. Adivinabase que el dolor y el placer le habían transformado el rostro en una extraña mascara de pena. Sus ojos llenos de bondad y su boca llena de amargura, se unían en la complicidad de una sonrisa inmóvil. Inmóvil sonrisa que parecía de muerto.

Cuando supo quién era, no me conoció. Hablamos de cosas frías y de cosas cálidas. Los astros nos hicieron decir frías trivialidades... Yo hable del sol. Y él, a propósito del sol, quejóse de los muchos ratones que lo maltrataban en aquella habitación tan tenebrosa... De repente, sin que yo le hubiera preguntado nada, díjome:

— ¿Sabe usted por qué me matan?

Yo sentí un placer inmenso. Mi temperamento—mi temperamento sutil!, tan refinado por las crueles asperezas de los hombres, y tan pulido por el dulce contacto de los animales — goza con lo imprevisto. Tengo médula de San Antonio. Acaso desciendo de algún león africano, transformado por Merlín en hombre...

— ¿Sabe usted por qué me matan?

Entonces, el asesino, ese pobre artista moderno, cuyos cuadros fueron siempre geniales porque tuvieron mucho de locura; ese valiente pintor de razas, de visiones, de espíritus; ese desdichado reo que iban a fusilar, me contó un salvaje ensueño de pesadilla, de delirio, de fiebre, de histerismo. Uno de esos ensueños que suelen tener las mujeres hermosas cuando, en la noche de verano, duermen sobre el lado izquierdo de su pecho, con el seno oprimido y el corazón acalambrado...

Y me narró la historia de su pobre alma tísica. Alma nerviosa, epiléptica, loca...

Oíd:

— Nunca sentí gran apego a la vida. Vivir me pareció siempre la tontería menos útil al hombre... Me pareció la virtud menos necesaria. No obstante, yo estaba obligado a vivir para comprender la inutilidad de la existencia. Viví. Trabaje. Hice cuadros. Si ellos encierran algún mérito, es sin duda porque nadie comprende lo que valen ni lo que significan. Lo mismo sucede en el mundo. El mundo dejara de ser una tienda de novedades, de bellezas, de joyas, cuando los hombres conozcan todo lo que él encierra... Cansado, pues, de la vida rutinaria, de la vida vagabunda y siempre igual, quise elevarme por encima de mi propio espíritu. Quise hacer algo nuevo. Algo digno de mi siglo. Algo digno. Algo bello... Quise sentir é interpretar sensaciones mejores. Nuevas... Quise gozar misterios invisibles. Pecados...

—Pero ¿y el crimen?

—Bueno. A eso voy... No diga el crimen.

Diga el experimento de un alma rabiosa que revienta de sed y que se muere de hambre... ¡Me matan nada más que por eso!

— ¿Cómo?

—Sí. Instalé en el Retiro, cerca de los murallones, mi taller de pintor. Solicite en todas las formas modelos de seres hambrientos. Desfilaron muchos. Eran hombres, mujeres, niños. El sexo érame indiferente. La edad también. Yo exigía únicamente que fueran flacos. Y negros. Muy negros... Pero no encontraba. Todos loa modelos que se me ofrecieron eran opulentos de carne. De carne rubia, fresca, blanca, a pesar de que algunos no poseían nada más que el pellejo... Yo quería un cadáver viviente. Yo buscaba un espectro. Ó algo más: yo deseaba la sombra de una sombra... Quería componer mi último cuadro. Mi cuadro estupendo. Póstumo. ¿Sabe usted lo que yo quería pintar? Yo quería pintar un alma colectiva. Un alma atormentada, infeliz, repleta de flaquezas, plagada de temblores, henchida de vejeces, llena de obscuridades. Para eso necesitaba un cuerpo bas­tante horrible, bastante macabro, bastante artístico, que me sirviera de modelo. Y vinieron muchos. Muchos. Sólo que ninguno era bueno. La procesión de esqueletos duró varios días. Por mi taller pasaron todas las flacuras, todas las escualideces, todas las carnes resecas de los conventillos, de los callejones, de los hospitales, de los manicomios.

Pero no venia el mo­delo esperado... Por fin, una tarde concebí un proyecto encantador. Lo concebí ante un nuevo modelo recogido en la calle. Era un negro. Un viejo vagabundo. Un habitante de los arrabales. Un pastor de estrellas. Era un negro. Un negro mudo y flaco. Muy flaco. Espantosamente flaco. Flaquísimo... Pero no tan flaco como yo lo preciaba. Sin embargo, me quede con el... ¿He dicho a usted que era mudo? Si... Mudo... Le faltaba la lengua. Hasta la raíz... Un cáncer. ¿Comprende?... Era un negro delicioso. Ni siquiera podía gritar... Bueno. Acepté al negro.

Lo lleve al fondo del taller, junto al gallinero. Lo até con fuertes sogas. A un poste de flandubay. Cerré todas las puertas... Prepare mi caballete, mis pinceles, en fin. Y me senté frente al raudo. Frente al horripilado. Yo esperaba... Y esperé así dos largos días. Tres días. Cuatro. Cinco... El negro retorcíase como un toro, como un pez... Sus huesos rechinaban, crujían, crepitaban... Cada diez horas le daba un trozo de pan y un trago de agua con el objeto de que no se muriera. Yo quería llevar su flacura a un grado extreme, sin que su vida se apagara. Con un látigo apresuraba el enflaquecimiento de ese cuerpo marchito. El negro quería gritar. Pero ¿cómo? ¿Y el cáncer? ¿Dónde tenía la lengua?... Créame; era una escena hermosa. Muy hermosa... Cuando pasaron ocho días, la espesa mota de mi modelo emblanqueció. Fue una tragedia silenciosa. Los dientes, poco a poco, se le fueron cayendo. Los ojos se le escaparon una pulgada de las órbitas. La columna vertebral se le torció. La boca acercócele al estómago... Al decimo día mi modelo ya iba siendo aceptable... Pre­pare mis pinceles. Coloquéme a la expectativa. Esperando... Aguardando el supremo instante. Aguardando la mueca trágica. Ansiando la soñada flacura. El bello gesto final... Cuando se le cayó el último diente dí la primera pincelada... Era de noche... De improviso, como una fatalidad, un rayo de luna visitó de blanca luz el cadáver del negro...

¡Maldición! Un cadáver con mortaja de plata, no podía servir para mi cuadro... No pude hacerlo... Me tomaron preso... Ahora me van a matar con ocho tiros. ¡Qué muerte tan vulgar! ¡Qué vergonzosa muer­te!... Yo merezco ser ajusticiado con la muerte del negro... Así, en mi propia agonía, en mi propia flacura, en mi propio dolor, hallaría fuerzas suficientes para copiar el alma neurasténica y maldita de mi generación...

* *
Después sonaron los ocho tiros...











Reproducido por Guillermo Aníbal Gärtner con ocasión del escándalo planteado con la exposición de Guillermo Vargas Habacuc.
http://es.youtube.com/watch?v=O6vP8CgTonQ



El ejemplar del libro cuya portada aparece al inicio de esta entrada no es el mismo que compré en la Rego el cual si mal no recuerdo lo apropió un amigo, así que el texto "recuperado" corresponde al que el amigo Jorge Ospina regaló a mi hermana Blanca Luz, con la siguiente dedicatoria:

Para Blanca Luz,

El hombre es un puente entre la nada y el absurdo.

Jorge Ospina, Dociembre 18 de 1962



domingo, 23 de marzo de 2008

... la cañadonga hace cañadonga,

***





LA MUERTE EN LA CALLE


Para sus tataranietas Sylvia y Natalia Visser Gärtner
Pereira – Marzo 23 de 2007



¿qué es la vida?



El mismo día en que se murió una hijita de Celedonio estiró las patas un ternero del doctor.

Celedonio pidió el día, enterró a su muertecita y no hablo más de eso. Y el doctor, ahí le oímos las quejas, que el animal era muy gracioso, que se le había hecho amigo, que mejor se hubiera muerto la vaca. Hasta se resintió conmigo porque no le había dado el pésame.

—Tampoco se lo he dado a Celedonio, doctor— le dije. Vea, doctor, yo conocí a una gente de esas de ustedes, que por cualquier cosa ya estaban con que castigo y Dios mío yo que te he hecho. Nosotros no somos de penas palabreras, doctor, estamos enseñados a ser tristones cuando sufrimos, pero callados. No vaya a creer que no hemos sentido la muerte de la niñita de Celedonio. Sí, nos ha dolido; y la de su ternero también, doctor.

Estábamos parados en la vuelta del jagüey, porque todavía el doctor no le había cogido gusto a su silla mariapalito con botella.

—Me has avergonzado — dijo el doctor; debí pensar más en el pobre Celedonio. Lo de él es un gran dolor, lo mío es un disgusto y pequeño si lo compare.

—No, doctor —dije— las dos desgracias: todo lo que a uno le sale mal es desgracia para uno, y no sirve comparar. Mídale, si quiere, el tamaño a la de usted y deje a Celedonio medir el de la suya si en eso se pone. Desgracias, doctor, por un tiempo o por un tiempecito. Después, nada; y vamos a lo mismo con otras. Así es la vida, doctor.

Ahí le vi la risita brincándole en el ojo.

¿De qué se habría agarrado el doctor, con que me iría a salir?


—Conque así es la vida. —dijo. La vida. ¿Sabes tú que es la vida?

—Cómo no voy a saberlo, doctor —dije— si la tengo en el cuerpo y todos los días por todas partes estoy viéndola.

—Pero, ¿qué es?

—Doctor, las matas, los animales, las personas.

—No has contestado la pregunta —dijo. La vida está en lo vivo, claro; pero, ¿qué es?

—Doctor, la cañadonga hace cañadonga, la guacharaca hace guacharaca, la gente hace gente. No hay mas, doctor; y hacer lo que hacen sin que puedan salirse de ahí es lo que yo veo que es la vida. Es una leccioncita, doctor, cada uno con la suya.

—Pero quien hace la vida y le da la leccioncita?

—Esa es otra pregunta, doctor. Vea, le pongo por caso, mi mujer me hace unos pantalones. ¿Quién los hizo? Ella. ¿Quien le enseño a hacer pantalones? Esa es otra pregunta. Y podría ser que nadie le hubiera enseñado y ella hubiera aprendido sola. ¿No será, doctor, que la vida con leccioncita y todo se hace ella misma?

El doctor se me puso más burloncito.

—Entonces —dijo— la vida no es más que cañadonga que hace cañadonga.

—Y guacharaca y gente también, doctor.

—Mira —dijo en serio. Tú quieres decir, aunque no te des cuenta de ello, que la vida no es más que la rutina de un fenómeno común no trascendental. Y no creo que la cosa sea así. La leccioncita, pase. Pero en la vida —por lo menos en la vida humana— hay algo mas, algo que llamamos espíritu.

— ¿Y todo el mundo tiene eso, doctor?

—No, no —dijo— La verdad es que abundan los estúpidos.

—Entonces, doctor —dije— el espíritu es una cosa que le entra o no le entra a la vida; una cosa aparte. No es vida, doctor; como la gusanera —perdone la ma­la comparación— que le cae a un caballo, pero no es caballo. Vea, doctor: Usted hace un juguete —un carrito, le pongo por caso. Usted lo hace. El carrito queda hecho y ya no tiene nada que ver con us­ted. Llego yo y le doy cuerda y el carrito echa a correr. Va corriendo el carrito y conmigo ya nada tiene que ver. Ahora, doctor, si al carrito hecho y andando se le meten unos cocuyos y lo alumbran por dentro, eso no es cosa de usted, ni mía, ni del carri­to. Eso es otra cosa.

Ya estaba el doctor riéndose sin disimular. Todavía, entonces, yo no me había acostumbrado mucho a sus risas de tiraderita que después hasta me complacían porque me gustaba verlo contento, pobre doctor, cuando ya no le importaba que un ternero fuera bonito.

—Doctor —dije— yo le contesto como es de mi obligación; pero mi ignorancia no me la puedo raspar.

—No te disgustes —dijo— yo no me rio de ti sino de tu carrito.

—¿Es mucho disparate, doctor?

—Qué sé yo —dijo—. La cuestión no es para que yo pueda asegurar nada; pero me parece divertida la simplicidad con que ves la vida, como si nada tuviera de enigmático; como si en ella solo hubiera un misterio: el de los cocuyos que al carrito hecho y en marcha, se le meten y lo iluminan por dentro.



Galapa- 1.962






Copia realizada el domingo 23 de marzo por Guillermo Aníbal Gärtner Tobón, de una publicación de fecha octubre 16 de 1967 “Carpel-Antorcha”, Medellín, el cual recibí de mi ex esposa, madre de Anneli y nieta del escritor, Silvia Fuenmayor Gómez, 30 años atrás aproximadamente.

Conservé ese texto entre otras razones para cumplir el objetivo presente. Que sea este un motivo para desatar una comunicación rica, positiva, alegre y objetiva sobre ese campo complejo de la vida y la muerte, su complementariedad y pare de contar ….